viernes, 13 de septiembre de 2013



Articulo de Morir a Tiempo



La muerte está presente desde el título de este nuevo libro...
 El título tiene que ver con dos ideas que han cruzado mi obra. La primera: morimos muchas veces a lo largo de la vida. Hay que aprender a morir y nadie nos enseña eso. Hay momentos en los que uno cree que está al final de algo que debe dejar atrás, y eso ocurre en todos los campos. También está la idea del morir físico, hay que aprender a morir. No nos enseñan dos cosas fundamentales: a amar y a morir. Y son dos momentos cúspide. Somos analfabetas en ambos. El libro está atravesado todo el tiempo por la fuerza del amor y la fuerza de la muerte.

 ¿Necesitaba salir de la ficción?
A lo largo de las novelas y libros de cuentos, siempre he sentido que intento aprender la época, entrar en el presente en toda su fuerza, pero me quedan aristas pendientes, costados de la realidad a los que no alcanzo a llegar. Voy tomando notas, guardando textos breves para trabajar después sobre estos temas. De pronto veo que en ellos está el corazón palpitante de una época, algo que no está en los libros, pero es significativo.

 ¿Por qué comienza con las enfermedades mentales?
Quienes crecimos en una generación sin Internet, sin celulares y sin acceso a cierta tecnología teníamos un concepto de lo real muy distinto. Hoy, hemos ingresado en realidades paralelas. Eso ha producido un imaginario contemporáneo distinto. Este libro es el deseo de entrar a este tiempo y empezar a mirar historias individuales sobre lo que está pasando: en un pueblo en las afueras de México, donde multimillonarios italianos construyeron un refugio antihecatombes, donde esperarán el 21 de diciembre, y, mientras tanto, un hombre, con un doctorado en Neurociencias, que estudia las ilusiones temporales del cerebro, entra al estreno de Batman y asesina a la gente. Es el primero de los villanos que cruza la línea de lo real y no será el último de esos asesinos relámpago. Ya había pasado con los superhéroes, pero no con los villanos. Así, entre trastornos psiquiátricos, alucinaciones, delirios, religiones y fechas apocalípticas, le tomo la temperatura a nuestra época. 

Muchas de sus historias tienen corte apocalíptico...
Todo va a empeorar. Las cifras son contundentes: somos 7.000 millones de personas y no hay recursos. En el siglo XIX éramos 650 millones, en 200 años nos multiplicamos por 10. Cambiamos el clima. Las cifras de Naciones Unidas de personas muriéndose de hambre se van a incrementar. El ataque del capitalismo desde el 2008 para acá y la acumulación de riqueza tampoco van a mejorar. Juan José Millás lo dijo en una columna: no hay dinero para la universidad pública, no hay dinero para las madres cabeza de familia, pero sí hay para salvar los bancos.

 Ante esto, ¿qué tan pesimista es?
No soy optimista porque no me miento. Pero no me deprimo porque soy vitalista. No invento esperanzas que no existen ni me armo futuros paradisíacos. Por eso es tan necesario el vitalismo, debemos enseñarlo a las futuras generaciones: fuerza, potencia, afirmación de la existencia. Pero tampoco está pasando: la enfermedad de nuestro tiempo es la depresión y los altibajos emocionales. Los jóvenes vienen casi bipolares, suben y bajan, son adictos a todo, al celular, a Internet. Eso no mejora. Así que no hay esperanza, pero hay vitalismo, y la literatura es eso, así como el cine o la pintura. Los artistas son afirmadores de vida.

Quizás por eso, el libro, a la vez, presenta situaciones escalofriantes con cierta fascinación o brillo... Los medios tienden a mostrarle a uno un foco determinado, pero uno puede dar la vuelta y mirar distinto. Mira los Juegos Olímpicos: a los medios se les pasó Oscar Pistorius, un atleta amputado de las dos piernas que, por primera vez, no corrió en los Paralímpicos sino en los Olímpicos. Un hombre que corrió con prótesis es una cosa maravillosa. La mirada cambia las cosas, como en las relaciones amorosas: cuando terminan, uno tiende a lamentarse por lo perdido. Pero también puedo hacer una fiesta y agradecer que me tocó un tiempo maravilloso con una persona encantadora y que se abre una perspectiva extraordinaria hacia adelante.

 En el libro, hay capítulos muy autobiográficos...
Había algunos hechos que no había escrito y me parecían reveladores. Me parecía que a alguien podrían iluminarle su propia vida. Entonces, metí esas pinceladas propias, pero son pocas, la mayoría de relatos son más sobre personajes.

 Está la llamada de revancha que le hizo a su padre cuando ganó el premio Seix Barral...
Fue un error, producto de la inmadurez. Me gusta el dicho 'El que lava platos rompe platos'. Porque en la vida tengo que cometer errores y no puedo castigarme toda la vida por ellos. Esos episodios pueden ser iluminadores para alguien. El libro está atravesado por procesos, y nosotros nos negamos a hacer procesos.

 ¿Procesos como cuáles?
Tanto en lo individual como en lo grupal, somos reacios a cuestionarnos o hacernos un examen de conciencia y corregir lo que está mal. No nos gusta que nos digan: 'pare, esto está mal, pero su vida se puede corregir'. La gente no acepta sus adicciones y termina lesionando a los otros. Lo mismo pasa con la sociedad: los colombianos somos reacios a eso. Es el único país donde exterminaron a un partido político completo. Tenemos hornos crematorios, paramilitares, una guerrilla cruel, y uno le exige a la izquierda que revise, porque ha sido partícipe, como lo han sido la derecha y el establecimiento. ¡60 congresistas en la cárcel! ¿Qué es eso? Hay que hacer procesos...

 ¿Sería la propuesta del libro, hacer procesos?
Hay textos que hablan sobre revisarse. Hay capítulos que tratan sobre adicciones: somos adictos a sufrir. ¿Por qué? Porque no crecemos como sociedad y no hacemos balances, ni aceptamos errores, ni corregimos. Por eso este libro y La locura de nuestro tiempo tienen esa relación. No pueden describirme a partir de Satanás o de Apocalipsis, que son novelas, pero en estos dos libros sí estoy yo, como escritor, con algo profundo que quiero dejar al otro para que reflexione y piense. Es como un legado en el que quiero decirles: 'si de algo les sirven mi vida y lo que he pensado, ahí está'.

 El 'boom' de 'Satanás' (2002) no se repitió. ¿Le pesa no haber generado otro fenómeno?
No, porque uno no debe pensar en el éxito. Es un error de educación. Es lo que llamo la cultura de centro, que te dice: 'sé bello, sé exitoso, tienes que triunfar en la vida'. Son cargas que uno se echa encima. Si te tragas ese discurso, te vuelves esclavo de un orden que te dan. Es como decir que tengo que ser delgado. ¿Por qué? ¿Quién dijo? Si me lo creo, puedo terminar bulímico, enfermo, mi vida se puede destruir por una tontería. La posición correcta, creo, es la irreverencia: yo determino mis reglas y mi norte, no me dan órdenes ni decretan mis valores. Satanás fue una cúspide, ganó un premio en España, se hizo una película. Pero no deja de ser uno más de mis libros; otros, como Cobro de sangre, pasaron por debajo de la mesa. Las cosas no se deben hacer pensando en el éxito, se deben hacer por amor, con cariño.

 ¿Y el reconocimiento?
Puede que suceda, puede que no. Uno debe hacer las cosas entregándolo todo y lo que venga después no es tu problema. Si nos obsesionamos, a los dos años nos reventará la trampa del ego. Esa frase '¿Usted no sabe quién soy yo?' es de los que han caído en ella. Por eso, detesto los cursos de liderazgo: te meten la idea de que debes triunfar pisando a los demás. Es un mensaje peligrosísimo, que no forma en la alteridad: "Tienes que darle órdenes a otro, eres mejor, tienes que estar por encima, no puedes tener cualquier cargo". Esa educación crea el fascismo, el desdén, el racismo, el clasismo y la segregación. No necesitamos generaciones de líderes, necesitamos gente que se crea igual a todo el mundo, que sepa trabajar en equipo, con los demás, no que esté preparada para dar órdenes, triunfar y liderar. Necesitamos una educación en lo horizontal: "Eres como todo el mundo, no te creas superior, haz la fila, las leyes son para ti como para cualquier otro, no hay diferencia entre tu jardinero y tú". La educación horizontal es de una enorme sabiduría. Hay que trabajar con amor y entrega; lo que venga, bienvenido, porque tampoco hay que ser tan ególatra de decir que si te premian no te importa. El exceso de modestia es otra trampa. 

¿Cómo ve a los escritores de su generación?
Si asumiera el rol de juez, no sería objetivo. Juzgando a los demás siempre se comete alguna crueldad o una salida en falso. Me enorgullece que hemos trabajado en equipo, cosa que casi nunca sucede. Hemos celebrado los triunfos ajenos, cada vez que Jorge Franco o Santiago Gamboa ganan algo, me alegro. Y al revés sucede lo mismo. Creer que si al otro le va bien a mí me va mal es otra trampa, porque si al otro le va bien significa que le abre otra puerta a la literatura colombiana, y eso nos beneficia.